En la cultura hebrea a los perros se les consideraba inmundos; eran carroñeros, comían cadáveres, lamían la sangre de los muertos, por lo tanto, se les comparaba con las naciones paganas, aquellas personas idólatras que despreciaban lo sagrado; que no tenían parte en la herencia espiritual, que sólo pensaban en las satisfacciones carnales; blasfemos de los tesoros de la Toráh.

La Toráh menciona que había alimentos impuros no aptos para su pueblo escogido, pero si aptos para los «perros». YESHÚA hablaba del riesgo de compartir tesoros con los perros. Suponiendo que esto alude a un pueblo totalmente pagano, debemos estar seguros que hay profundos secretos de la Toráh que no cualquiera puede valorar y responder a ello sino un hijo que ha de recibir la herencia.

En una ocasión una mujer cananea, un pueblo considero pagano, se acercó a YESHÚA pidiendo sanidad para su hija, suplicando el alimento de los hijos. La gran misericordia de YESHÚA resalta en este relato, pero veamos los dos tipos de personas que se consideran en esta historia: «hijos y perros»; Los perros se acercan para ser alimentados, para saciar sus necesidades, ¡solo piden! cualquier alimento por inmundo o insuficiente que sea los satisface.

Muchos que creen en ELOHIM solo piden… Pero para los hijos hay un alimento especial, un destino diferente, una responsabilidad mayor pero también una recompensa gloriosa.

Muchos de nosotros hemos salido de un pueblo pagano; un pueblo que para muchos es considerado como perro. Nos dio la potestad de ser hechos hijos y herederos. Pero ese privilegio trae consigo muchas demandas, sufrir juntamente con Él, ser guiados por su Rúaj, no menospreciar ni cansarnos de Su disciplina porque Él azota al hijo que recibe. Ésa es la diferencia, estar cerca o lejos, arriesgar más o nada, solo pedir o empezar a dar, alimentarte de inmundicia o de los tesoros de La Toráh, estar de espectador o estar en el centro de la acción.

¿Eres hijo o perrillo?

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