«Siete días comerán Matzot (panes sin levadura); ya en el día primero suprimirán la levadura en sus casas; porque cualquiera que comiere leudado (jametz) desde el primer día hasta el séptimo, será borrado de Yisrael”.

La Toráh nos recuerda el momento culminante al salir Am Yisrael de Egipto, un esplendoroso e inolvidable 15 de Nisán.
El elemento más significativo de la celebración de Pésaj: “la Maztáh (pan ácimo)”. Y guardarán las matzot, porque en este mismo día saqué sus huestes de la tierra de Egipto; por tanto, guardarán esta mitzvah en sus generaciones como precepto perpetuo» (Shemot 12: 15-17). Desde la celebración del primer Pésaj, con la salida de Egipto y la obtención de la libertad, el Pueblo de Yisrael convirtió a la matzáh en el emblema fundamental de la festividad, junto al sacrificio del cordero de Pesaj y a la ingestión de hierbas amargas. ¿Pero por qué esta advertencia tan categórica por parte de EL ETERNO, en cuanto a la prohibición de ingerir levadura?. La ingesta de Matzáh nos recuerda la premura con que salimos de Egipto, que no dio tiempo a que el pan se leudara, tal como lo describe la Toráh (Shemot 12:39). Tanto la Matzáh como el pan son, en esencia, lo mismo: harina y agua. ¿Qué los hace diferentes?. La celeridad con que se amasa la harina y el agua, así como su horneado, no permite que la masa fermente, por lo que se obtiene un pan sin levadura, la Matzáh. El pan es, entonces, el resultado de la masa fermentada y, como tal, se eleva, se infla. La Matzáh, por el contrario es plana, casi sin volumen. Y esta diferencia es, precisamente, una similitud entre la Matzáh y el ser humano: el pan, inflado, representa al hombre que se considera especial, grande, presumido, vanidoso, prepotente, orgulloso, lo que le hace dueño de un sentimiento de desprecio hacia los que considera inferiores a él; mientras que la Matzáh encarna al hombre humilde, sencillo, sin pretensiones de grandeza, ni interés por sentirse «elevado», sobre los demás (también se le llama a la Matzáh «pan pobre, humilde, de aflicción»). La Festividad de Pesaj nos viene a recordar que el ser humano no debe olvidar su humildad, su sencillez, pues, en esencia, interiormente, en el alma, todos somos lo mismo: pan y agua. Debemos desprendernos de todo el jametz, pues no hay motivo para sentirse superior a nadie, ya que ante los ojos de ELOHÍM, todos tenemos el mismo valor. En otras palabras, al exigirnos EL ETERNO que en Pésaj nos desprendamos de la levadura que poseemos, nos indica que es la levadura interior, el orgullo, la prepotencia, la que debe ser eliminada de nuestro interior.

Egipto en hebreo es Mitsrayim, cuya raíz significa estrechez, angostura. Así se nos está insinuando que dicha estrechez corresponde a nuestras propias limitaciones. Mientras sigamos viviendo con estrechez, cobijados por los límites que representan la soberbia, la prepotencia, la ambición, seguiremos esclavizados en Mitsrayim, no podremos conseguir la Libertad. Cuando aprendamos a despojarnos del «jametz» de nuestro interior, destruyendo todo orgullo y descubramos la grandeza de la humildad y el dominio de nuestras pasiones, hallaremos, por fin, la libertad, la salida de Mitsrayim.

Lentamente se van disipando las nubes y aparece en el firmamento la luna en su apogeo (era el 15 del mes de Nisán). Iluminando en ese instante el esplendor del TODOPODEROSO, mas que el interminable desierto, los sentimientos y percepciones de los hasta entonces esclavos, ahora ya definitivamente convertidos en hombres libres y soberanos.

Pesaj: “La Luz de YESHÚA HAMASHÍAJ junto con la alegría y el júbilo, tornándonos en un estado de armonía y plenitud”.

Brindamos por quien liberó y salvó a nuestros padres de la tiranía en Egipto y nos permitio llegar a esta noche en la que comemos Matzah y Maror; y quien nos proyectará con su luz a futuras festividades… Bendito TÚ, oh ADONAY, salvador eterno de Yisrael. Amen.

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